Romeo:

¡Silencio! ¿Qué ilumina

desde aquella ventana las tinieblas?

¡Es Julieta, es el sol en el oriente!

Surge, espléndido sol, y con tus rayos

mata a la luna enferma y envidiosa,

porque tu, su doncella, eres más clara.

No sirvas a la luna que te envidia.

¡Su manto de vestal es verde y triste,

ninguna virgen ya lo lleva, arrójalo!

¡Es ella en la ventana! ¡Es la que amo!

¡Oh, cuánto diera porque lo supiese!

Habla, aunque nada dice; no me importa,

me hablan sus ojos, les respondo a ellos.

¡Qué idea loca! ¡No es a mí a quien hablan!

Dos estrellas magníficas en el cielo

ocupadas en algo allá en la altura

les piden a sus ojos que relumbren.

¿No estarán en su rostro las estrellas

y sus ojos girando por el cielo?

El fulgor de su rostro empañaría

la luz de las estrellas, como el sol

apaga las antorchas. Si sus ojos

viajaran por el cielo brillarían

haciendo que los pájaros cantaran

como si fuera el día y no la noche.

¡Ved cómo su mejilla está en su mano!

¡Ay, si yo fuera el guante de esa mano

y pudiera tocar esa mejilla!

Escena II, Segundo Acto Trad. Pablo Neruda

por Galadriel Noldor